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domingo, febrero 05, 2012

Convenio de Ixtacomián: algo de su historia

Convenio de Ixtacomitán, 12 de diciembre de 1841[1]

Convenios celebrados entre Tabasco y el supremo gobierno de la nación, por medio de los cuales el departamento acepta jurar las bases de Tacubaya a cambio de la apertura de los puertos al comercio nacional.


En la villa de Ixtacomitán, a los doce días del mes de diciembre de 1841; reunidos el señor coronel don Rafael Belchez, y los señores comandante de batallón, don Félix Renero y capitán don Luis Guerrero, comisionado el primero por el señor don Francisco de Sentmanat, comandante general de Tabasco, y los dos últimos por el señor comandante general de Chiapas, a nombre del supremo gobierno de la nación, con el objeto de discutir y acordar las bases que pongan término a la guerra civil que por desgracia ha habido; y después de canjeados sus poderes, convinieron en los artículos siguientes:


Primero. Que a virtud de estar ratificados los tratados celebrados en el mes de octubre del presente año. entre el teniente coronel don Alonso Fernández, comisionado en aquella vez por el benemérito de la patria, general don Antonio López de Santa Anna, como general en jefe de las fuerzas regeneradoras de la República, con el gobierno de Tabasco, este último jurará y hará jurar las bases del Plan de Tacubaya, de 25 de septiembre último, caso que no lo haya verificado; por cuyo convenio se echará un olvido general a todo lo pasado, y al efecto, no se perseguirá a individuo alguno, poniéndose en libertad a los presos que hayan tomado parte en las disensiones políticas, exceptuándose de este artículo a los que estén por causas pendientes por delitos comunes.


Segundo. El comercio de mar y tierra queda desde este momento abierto y protegido en todos los puertos y lugares de la República con sujeción a las leyes generales.


Tercero. Los pueblos de distrito norte, que por sus convulsiones políticas se habían separado del departamento de Chiapas, y agregado al de Tabasco, vuelven éstos a reconocer su origen, sujetándose a las disposiciones del gobierno departamental.


Cuarto. El gobierno de Tabasco se compromete a auxiliar con fuerza armada al de las Chiapas, cuando por éste sea requerido, para que las disposiciones de este último tengan su puntual y debido cumplimiento en los pueblos de dicho distrito, por no convenir, y principalmente en Pichucalco, se introduzca fuerza de Chiapas ínterin a sus vecinos los desaparece cualquiera temor de que estén poseídos, retirándose también la guarnición de Tabasco, que a la fecha hay en dicho pueblo.


Quinto. Las fuerzas voluntarias que manda don Rafael Barberí, en los puntos limítrofes de Tabasco, desde esta fecha se reconcentrarán a otro, que no sea fronterizo al citado Tabasco.


Sexto. Los deudores de la hacienda pública, que bajo el pretexto de los asuntos políticos se hayan querido eximir del pago, mutuamente serán entregados a las autoridades por quienes sean reclamados.


Séptimo. Los correos, tanto para lo interior de la República, como para las Chiapas, volverán a tener su curso como antes.


Octavo. Tanto la adhesión a las bases del plan de Tacubaya, como estos convenios, serán publicados y circulados, después de estar ratificados por quienes corresponde.


Noveno. Los expresados convenios serán ratificados a los diez días de firmados éstos por los comisionados de una y otra parte, quedando suspenso desde la fecha, todo acto hostil.


Rafael Belchez, Félix Renero, Luis Guerrero. Ratificado. Quedan ratificados a nombre del señor comandante general del departamento de Chiapas los nueve artículos que comprende el antecedente convenio, hasta la aprobación del supremo gobierno de la nación.

[Por Chiapas][ San Cristóbal, diciembre dieciséis de mil ochocientos cuarenta y uno.

Manuel Peláez

[Por Tabasco] San Juan Bautista, diciembre dieciocho de mil ochocientos cuarenta y uno.

Francisco de Sentmanat



[1] Fuente: Diario del Gobierno, 13 de enero de 1842. University of St Andrews (USA), en Planes en la nación mexicana. Libro cuatro: 1841-1854 (Mexico City: Senado de la República/El Colegio de México, 1987), pp. 116-117.

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domingo, diciembre 04, 2011

De presbítero a finquero: una historia de Ixtacomitán

La historia de Mariano Mejía, de presbítero a finquero

La siguiente historia se ubica en la primera mitad del siglo XIX en el departamento de Pichucalco, concretamente en los municipios de Ixtacomitán y Solosuchiapa, ambos pueblos zoques rodeados por las montañas del norte de Chiapas y caudalosos ríos que van a dar a Tabasco, en el Golfo de México.

A partir de Tapilula hasta Pichucalco, el paisaje verde de las montañas y el clima sofocante del trópico puede apreciarse y sentirse en todo el trayecto. Las inclinadas pendientes y los arroyos hicieron difícil el caminar de humanos y bestias de cargas de Tabasco hacia San Cristóbal y Tuxtla Gutiérrez hasta mediados del siglo XX. Eran caminos inhóspitos e intransitables para el comercio.

Los habitantes de estos pueblos, mayormente zoques, eran utilizados por los hacendados como bestias de cargas para el comercio con Tabasco, Ciudad Real, Tehuantepec y Veracruz. Los finqueros se ocupaban de sus haciendas de cacao ubicadas en las márgenes del rio Ixtacomitán hasta la Ribera del Blanquillo en Pichucalco.

Algunas de las haciendas como “Nuestra Señora del Rosario” y “La Concepción” en Ixtacomitán aun permanecían en manos de la Iglesia quien las administraba desde Ciudad Real, para sostener a un colegio de niñas.

Ese parece ser el ambiente que prevalecía en la región cuando el actor principal de nuestra historia irrumpió en los pueblos del norte de Chiapas, hacia 1848.

La selva de la Zacualpa.

Expulsado de España, Mariano Mejía un sacerdote católico encontró en las tierras frías de Comitán el lugar idóneo para continuar con su oficio sacerdotal en la parroquia local.

Ahí, su vida se habría de cruzar con la de Juana María Zepeda, una viuda joven adinerada, a quienes sus padres prohibían visitar cualquier otro lugar que no fuera la iglesia, tras haber sostenido una relación sentimental con un oficial militar, del cual nació su primer hijo, Amado Everardo Zepeda.

Mariano Mejía, según cuenta uno de sus descendientes, “se fascinó con la viuda y fue correspondido, de modo que, el presbítero colgó los hábitos y juntos huyeron hacia la selva. Se establecieron cerca de un río, Arroyo la Sierva [Río La Sierra[, donde levantaron una finca, previa y lógica ayuda y explotación de indígenas.”[1]

A la finca la llamaron Santa Fe La Zacualpa, edificada en medio de la selva de Solosuchiapa, entre el camino que conduce a Ixhuatán por el sur, y por el norte rumbo a Ixtacomitán e Ixtapangajoya. Frente a la hacienda, dos montañas dominaban el paisaje tropical. A la postre, el lugar sería un emporio minero en la región.

Tan pronto llegó a la zona, el cura Mariano Mejía se encargó de ofrecer las misas en la parroquia de la Santísima Trinidad de Ixtacomitán, distante a unos 30 kilómetros de la finca, donde inició amistad con los principales hacendados de la región como las familias Pastrana, Contreras y Vera, tanto que, el hijo de Juana María Cepeda, Amado Everardo habría de emparentarse con la familia Pastrana.

Pese a ser un cura católico, Mariano Mejía y Juan María procrearon en la finca La Zacualpa a sus hijos Manuel Heraclio, Rafael, Enrique, Margarita y Luz, todos de apellido Zepeda, y no Mejía, como debió ser. En el pueblo de Ixtacomitán era un secreto a voces que, el presbítero vivía en la parroquia, mientras, Juana María lo hacía en la finca Santa Fe La Zacualpa.

“Cuando faltaba el dinero, Juana María le confeccionaba sotanas a Mariano y éste iba a los pueblos a pedir limosna. De una de aquellas correrías trajo a la finca un telescopio y El Clavecin bien temperado[2]

No obstante su condición de padre de familia, Mariano Mejía pudo ganarse el afecto de casi toda la región de Ixtacomitán como sacerdote. Muestra de ello, ocurrió en noviembre de 1852, cuando don Clemente España, avecindado del pueblo, ordenó fundir una campana en honor a Mejía, que hicieron colgar en el campanario de la iglesia. La campana aun permanece aun en la torre principal de la parroquia de la Santísima Trinidad de Ixtacomitán.[3]

Los años de Mejía en la región fueron turbulentos, pues, con las leyes expedidas durante la Reforma, a partir de 1854 con la promulgación del Plan de Ayutla que desencadenó en la Guerra de la Reforma, se trastocó la vida de la iglesia y de los párrocos, particularmente con los bienes eclesiásticos y la expulsión de los jerarcas católicos.

Mariano Mejía, como era de esperarse, se inclinó por defender la actuación de la iglesia, particularmente la del Obispo de San Cristóbal Carlos María Colina y Rubio quien se oponía a la nacionalización de los bienes eclesiásticos y al gobierno de Chiapas.

La actividad política en la región de Mariano Mejía se habría hecho notar tras la promulgación de la Constitución de 1857 que afectaba los bienes de la iglesia, por lo que, pronto mostró su animadversión hacia el Presidente Juárez y al grupo de liberales que gobernaban la entidad como Angel Albino Corzo.

Mientras el conflicto crecía con la Iglesia por la promulgación de las Leyes de la Reforma, la detención de las autoridades católicas en Chiapas parecían desencadenar en la expulsión de los sacerdotes y obispos, entre ellos, Carlos María Colina y Rubio y el propio Mariano Mejía.

El mismo Presidente Juárez, instalado en Veracruz, ordenó la detención de los líderes católicos de Chiapas, según una carta remitida al Gobernador Angel Albino Corzo el 13 de octubre de 1859.

“Al Obispo [se refiere a Colina y Rubio] debe V. mandarlo prender y remitirlo para este puerto [de Veracruz], por la vía de Tabasco, lo mismo que a los demás cabecillas y frailes revoltosos pues no es bueno mandarlos a Centroamerica….Obre V. dictando cuantas medidas demanden las circunstancias en el concepto de que se aprobará cuanto V. hiciere..Q.B.S.M Benito Juárez”[4]

El Obispo Carlos María Colina y Rubio fue detenido y expulsado a Guatemala, pero la suerte y el destino de Mariano Mejía fue distinta. En febrero de 1860 fue apresado por órdenes del Gobernador de Chiapas.

El 21 de febrero de ese año, el capitán de las guardias nacionales de Pichucalco, Feliciano Zapata, por órdenes del comandante militar de Chiapas, don Angel Albino Corzo, capturó en Ixtacomitán al presbítero Mariano Mejía para trasladarlo a Veracruz, vía Tehuantepec Oaxaca y Minatitlán.

Cuando era trasladado de Tehuatepec hacia Veracruz, el presbítero Mariano Mejía intentó fugarse pero fue asesinado a tiros por la espalda cerca de un rio de la finca San Mateo, por un piquete de soldados de la guardia nacional. El Gobernador de Chiapas se enteró del suceso del propio Zapata, del siguiente modo.

“Con motivo de que el dia de hoy caminaba yo a pie a causa de que en la hacienda de San Mateo no me fue posible encontrar bagaje, el presbítero D. Mariano Mejía a quien de orden superior conducía preso a Tehuantepec, aprovechándose de aquella oportunidad intentó fugarse al pasar un río que hay que atravesar; más como la tropa iba instruida por mí de lo que debía hacer en tales casos cumpliendo con mis órdenes le fuego en la carrera, dando por resultado el que quedarse muerto dicho padre en el campo”.[5]

La ejecución de Mejía cimbró a la región, tanto que, el Gobernador del Estado, Angel Albino Corzo, cuatro días después del asesinato, ordenó la detención de Feliciano Zapata y una investigación de los hechos “acumulándose a este expediente las comunicaciones que le fueron entregadas por el gobierno interróguense uno a uno sobre los motivos y demás circunstancias que a verificarlo dieron lugar, nombrando para este efecto para fiscal al oficial D. Vicente López,”[6]

Una vez practicadas las diligencias, el 02 de marzo, el oficial Vicente López rindió su informe al Gobernador de Chiapas, justificó el asesinato del Padre Mejía, en una obligación del Jefe de la escolta:

“La responsabilidad del jefe y escolta que conducía al que fue víctima, si bien se quiere por su propia voluntad pues que escapando montado en una mula y a toda carrera a la vez que sus custodias caminaba a pie, no basto a contenerse que le marcaran el alto, ni que le persiguiesen unos espacios, hasta que sin esperanza de alcanzarlo, el debe y la obligación de responder por él, lo colocó en el duro, pero preciso caso de hacerle fuego, como lo ejecutaron, haciéndolo caer espirante para morir después. Tal es lo que ha pasado”.[7]

Tras este informe del oficial Vicente López, el 5 de marzo de 1860, el gobernador Angel Albino Corzo ordenó la liberación de Feliciano Zapata y sus escoltas, no sin antes, reiterar que la muerte del cura se debía a que éste emprendió la fuga para burlarse y, “comprometer a sus custodios y quedar en aptitud de seguir conspirando como antes lo había hecho contra la causa de la legalidad”[8] . El caso fue sobreseído.

Sin embargo, a don Angel Albino Corzo, el asesinato de Mejía habría de costarle el descrédito por parte de sus detractores políticos como Julián Grajales, el guatemalteco Jaime Velasco y el periódico El Baluarte. Sobre el asunto, Corzo tuvo que dedicar diversas explicaciones en su “Segunda Reseña de Sucesos Ocurridos en Chiapas”, escrito en 1868.

Una versión, contada por Eraclio Zepeda Ramos, señala que, tras la muerte de Mariano Mejía, doña Juana María Zepeda ordenó a su hijo Manuel Heraclio, vengar la muerte de su padre.

Solemnemente le entregó el caballo, la escopeta y la espada del cura y le ordenó: “levántate en armas. Vete a matar a Contreras”. Mi abuelo la obedeció y entró en Pichucalco enarbolando la bandera republicana. Contreras al verse derrotado, salió huyendo a caballo y para protegerse las espaldas puso a su hijo menor sentado atrás de él. En un traspié del caballo el niño salió disparado y cayó en las hojas enormes de una planta que se llama capote. Contreras tenía lo que se llama “furia”, o sea, un mechón en la frente y todo lo demás calvo. Mi abuelo le disparó. La bala arrancó el mechón a Contreras y Eraclio volvió triunfal a la hacienda con la “furia” de Contreras en la punta del sable.[9]

Los descendientes del presbítero Mariano Mejía permanecieron en la región. La familia Everardo vivió en Ixtacomitán y luego en Pichucalco. Los Zepeda, algunos se asentaron en Ixhuatán y otros en Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal.

En 1892, la finca La Zacualpa terminó devastada por una tromba que azotó a la región y un siglo después, terminó en manos de campesinos que lo invadieron derivado de la irrupción zapatista de 1994. Hoy, el casco principal de la ex hacienda es una escuela primaria.



[1] PACHECO, Cristina. (2001).- Al pie de la letra. Fondo de Cultura Económica. México, DF. Pág. 154.

[2] Ibidem, pág. 154.

[3] CONACULTA. (1999). Catalogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles del Estado de Chiapas. Tomo III. CONACULTA. México, DF. Pág. 436.

[4] POLA, Angel. (1906). Miscelánea, comunicados, respuestas, iniciativas, dictámenes, informes, brindis, etc de Benito Juárez. México, Pág. 329 y 330.

[5] CORZO, Angel Albino. Segunda Reseña de sucesos ocurridos en Chiapas. De 1847 a 1867. P. de T.F NEVE. Callejón del Espíritu Santo. 1868. Reimpresa por el Gobierno del Estado de Chiapas. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. 1958-1964. Pág. 166.

[6] Ibidem. pág. 167.

[7] Ibidem. pág. 168.

[8] Op. Cit. Pág. 168.

[9] PACHECO, Cristina. Op. Cit. Pág. 155.

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jueves, diciembre 01, 2011

Una historia de San Bartolomé Solistahuacán en el siglo XIX: (Hoy Rayón)

San Bartolo Solistahuacán[1]
Por Emilio Rabasa E.


Cuesta arriba y por caminos que no labró la industria humana sino que abrieron y ahondaron el cacle del indio y la pezuña de la bestia, iba yo en un dia primaveral de 1880 acercándome al rancho llamado “Las Nubes” en el camino que va de Tuxtla Gutiérrez (Chis) a la capital de Tabasco, y el rancho justificó su nombre con una niebla blanquísima que me envolvió durante quince minutos dejándome empapado en agua.
Mi mozo y yo, caballeros en sendas mulas, íbamos, como he dicho, cuesta arriba porque en el trayecto de un Estado al otro se sube mucho por una sierra espléndida, para bajar después mucho más y llegar a los bajos de los campos fértiles y a veces pantanosos de las tierras tabasqueñas.
No me detendré a describir la extraordinaria belleza de la vegetación de aquel camino, en el cual acabamos de pasar por un bosque de helechos arborescentes de más de un kilómetro de largo y más de diez metros de alto; pero sí es del caso decir que yo me sentía, a pesar de mi fresca juventud y de mi hábito de caminante por las sierras, lleno de una nerviosidad en que se juntaban, para producirla, las bellezas incomparables de la naturaleza, los positivos riesgos del camino formado de escalones de piedra y lodo, a menudo con un precipicio que se ladeaba con dificultad; pero a esto había que añadir que habría yo de rendir la jornada en San Bartolo Solistahuacán[2], que no estaba ya muy distante y del que tenía yo una noticia capaz de preocupar al viajero más experimentado.
Sabía yo que San Bartolo era un pueblo de indios enteramente incultos que veían con malos ojos a los pasajeros blancos y era bien conocido en todo el centro del Estado la triste aventura de un viajero poco informado. Es el caso que un comerciante en pequeño de San Cristóbal las Casas don Onecíforo Baquerizo, a quien conocí, y que además de llevar ese nombre tenía en lo físico bien pronunciadas las líneas generales de Don Quijote, hubo de hacer noche en San Bartolo, se hospedó en el único alojamiento que los indios permitían, la casa municipal, y cuando tranquilamente tomaba su pobre cena fue sorprendido por los concejales que le aplicaron una paliza porque lo encontraron sentado en el sillón con brazos del Presidente del Ayuntamiento.
Don Onecíforo ignoraba la condición sagrada de la silla, desconocía los reglamentos consuetudinarios del pueblo y sufrió el castigo con la resignación que al fin y al cabo suele ser un consuelo.



Notas:

[1] Fragmento de “San Bartolo Solistahuacán” texto publicado en el diario “Excelsior”, los días 30 y 31 de diciembre de 1929, por Emilio Rabasa Estebanell, ex gobernador de Chiapas. Tomado de SERRA ROJAS, Andrés.(1969). Antología de Emilio Rabasa. Volúmen I. Ediciones Oasis. México DF. Pág.- 287-289.

[2] Pueblo zoque ubicado en la región norte de Chiapas, colindante a los municipios de Pueblo Nuevo Solistahuacán y Tapilula. Antiguamente se conocía al pueblo como San Bartolo, luego fue conocido como San Bartolomé Solistahuacán; con la política anticlerical predominante en el siglo XX, el nombre del municipio fue cambiado por el de Rayón. Es conocido por la Selva Negra, reserva que durante la mayor parte del año se cubre con una espesa neblina.

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domingo, noviembre 27, 2011

Don Laco Juárez, de finquero a revolucionario en Chiapas

Una historia regional de Pichucalco.

Antes de obtener el grado de Coronel en el Ejército Revolucionario “Brigada Guadalupe Sánchez. Chiapas-Tabasco”, don Heraclio Juárez Toledo- “don laco” como se le conocía en la región de Pichucalco- era un prominente hacendado de San Antonio el Cocal, finca construida hacia 1879 cercana a las márgenes del río Camoapa- por el rumbo de Sunuapa- propiedad que a su vez, había heredado de su tía Cristina Juárez de Ortíz, emparentada con la familia Ortíz de la hacienda Santa Martha.

Muy joven se casó con Edelmira Hernández Moheno, originaria del pueblo de Pichucalco, con quien no pudo procrear hijos, pero sí, convertir a San Antonio el Cocal en una vasta hacienda productora de cacao.

A finales de septiembre de 1913 vivió en carne propia la llegada de los revolucionarios tabasqueños al mando de Pedro C. Colorado, Juan Hernández y otros, quienes se enfrentaron en su finca con las tropas federales del Capitán Rafael M. Veytia, jefe de la Guarnición de la plaza de Pichucalco, dejando 14 muertos y abandonados en el campo de batalla 59 caballos ensillados y diversos materiales de guerra.[1]

Durante el auge petrolero, en noviembre de 1920, Juárez Toledo intentó organizar a los finqueros de la región para no dejarse sorprender por los agentes de las compañías petroleras que llegaban a la región, pues había escuchado durante una breve estancia en la Ciudad de México de posibles descubrimientos de yacimientos petroleros en Tabasco y Pichucalco, por lo que, sugería crear una agrupación, “pues resulta muy posible que los propietarios sorprendidos por falta de informes sobre el particular, celebren transacciones perjudiciales a sus intereses”[2], sobre todo en la renta del subsuelo o arrendamiento de terrenos.

Don Laco colaboró de manera forzada con bestias de carga, prestamos económicos y pago de “haberes” a la tropa del General Quintiliano Gavilla, que para esas fechas azolaba la región desde Tabasco y el sur de Veracruz, durante el movimiento del Plan de Agua Prieta de 1922.

Pero los motivos y las razones de la decisión de don Heraclio Juárez y de los otros finqueros para incorporarse al movimiento delahuertista en 1923 parecen tener un rasgo característico de las revueltas chiapanecas, es decir, la protección de sus bienes ante el hartazgo de los constantes saqueos del que eran objeto los finqueros de la región durante el tiempo de la revolución, particularmente en Pichucalco.

Es su esposa, Edelmira Hernández Moheno, quien ofrece algunas pistas de lo ocurrido aquellos días y los motivos de la rebelión de su esposo.

Afirma que, en realidad, Juárez Toledo siendo presidente municipal de Pichucalco fue obligado a rebelarse por el General Gavilla, por lo que, temiendo represalias decidió abandonar el pueblo para dirigirse a Teapa en el vecino estado de Tabasco, siendo detenido por un grupo de delahuertistas en calidad de sospechoso por su condición de alcalde.

Juárez Toledo no tuvo más remedio que regresar a Pichucalco para recobrar su vida ajetreada como Alcalde, pero al llegar al lugar, la plaza estaba siendo ocupada por las fuerzas del veracruzano Quintiliano Gavilla, por lo que, “debido a su carácter de presidente municipal que había tenido se vio en la necesidad de unirse a Gavilla, quien era quien presentaba mayores garantías”[3] [protección].

Fue así que Laco Juárez quedó incorporado al movimiento delahuertista con el grado de Coronel en el ejército revolucionario “Brigada Guadalupe Sánchez” al firmarse el acta revolucionaria en la Hacienda Santa Martha, en la ribera del Platanar en Pichucalco, Chiapas, el 8 de diciembre de 1923.

Correspondencia rebelde del Coronel Heraclio Juárez Toledo, en 1924.

(Fragmento de “Arriba Amaro: la rebelión delahuertista en Pichucalco 1923-1924. Fermín Ledesma Domínguez/ En proceso.)





[1] Informe del Comandante Militar J. Merodio. Archivo histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional. Comandancia Miliar de Chiapas. Sección 1ª. Oficio No. 1020. Folio. 000042. 12 de septiembre de 1913. México. DF.

[2] Facsímil del documento intitulado Interesante a los hacendados, firmado por Heraclio Juárez Toledo el 21 de noviembre de 1920. Archivo de la familia Cantoral Pérez. Pichucalco, Chiapas.

[3] Carta de Edelmira Hernández de Juárez al Presidente de la República Plutarco Elias Calles, fechado en Pichucalco, Chiapas el 22 de diciembre de 1924. Archivo personal del Sr. Mario Cantoral Hernández. Junio, 2011.

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lunes, junio 13, 2011

Revolución y familias: Pichucalco en el siglo XX, una aproximacion a la historia regional


Foto: Cortesia del Sr. Mario Cantoral. Pichucalco, Chiapas.


La historia reciente de Pichucalco, Ixtacomitán y Chapultenango en la región norte de Chiapas no podría entenderse sin la presencia de las familias españolas, portuguesas y criollas que colonizaron la región desde el siglo XVIII, y que en las centurias posteriores habrían de tener una enorme influencia en la vida política, social, económica, cultural y en el desarrollo de la región, a partir de sus lazos familiares- muchas veces para preservar los bienes patrimoniales-, alianzas políticas y expansión territorial.

Contexto

Desde el siglo XVIII un vasto grupo de familias, en su mayoría tabasqueñas, españolas y portuguesas se asentaron en las regiones fértiles de Ixtacomitán y Pichucalco, principalmente en la región conocida como el Blanquillo, en grandes extensiones de tierra. Asi, los Tabares, los Contreras, los Bulnes, los Cantoral, los Calcaneo, los Bastar Sasso, los Pastrana, los Vidal, desarrollaron grandes fincas de cacao. Algunos más, como los Esponda Olaechea y Vidal Pontigo, constituían viejas familias consolidadades desde el régimen colonial, principalmente en haciendas de Ixtacomitán.

Todos ellos, tenían la particularidad de ser hábiles productores y comerciantes, vinculados a los gobiernos, desde la época de la independencia, Las Leyes de la Reforma de Juárez, la dictadura de Porfirio Díaz hasta el el gobierno de Francisco I. Madero, al triunfo de la revolución de 1910.

La apertura de mejores vías de comunicación hacia Tabasco (vapor y el ferrocarril), la bonanza económica (cacao, madera y plátano) así como la proliferación de universidades en el estado vecino y una mayor actividad comercial en San Juan Bautista (Villahermosa) fueron los detonantes para que muchas familias- Bulnes, Bastar y Moheno- abandonarán la región en busca de aventuras comerciales, hacia finales el siglo XIX y principios del XX.

Pero para quienes permanecieron en la zona, los años también fueron de gran crecimiento económico y de capital político que llevaron a muchos de sus miembros a formar parte de la élite política de Chiapas, siendo gobernadores, ministros, embajadores, jefes políticos, presidentes municipales, diputados, entre otros, al amparo del regimen de Emilio y Ramón Rabasa.

Es durante el gobierno de Porfirio Díaz que las familias de la región encuentran su mejor aliado político, como Andrés Contreras, Mariano Baldomero Cantoral, Ponciano Rojas, Antonio Martínez, entre otros, varias veces diputados locales. Y otros, como Carlos A. Vidal, César A. Lara y César Cordova y Herrera triunfan en el Chiapas posrevolucionario, con la corriente Vidalista, de corte socialista, en la segunda década del siglo XX.

Las familias que conforman la élite regional, lo mismo acaparaban los puestos de decisiones locales en las regidurías y alcaldías o aparecen como compradores de grandes extensiones de tierras a través de la compañía, “Mexican Land Colonizatión and Company” (MLCC)[1], propiedad del alemán Luis Huller, como los casos de Frumencio Pastrana (Finca Sonora en Chapultenango, en 1893), Pedro Resendez y Mariano Cantoral (San Pedro y los Balkanes en 1905), otros más, consolidan su poder al adquirir concesiones para la construcción de las vías de comunicación como el tranvía de la Finca Cosahuyapa hacia Pichucalco, o en acaparar las concesiones petroleras de Caimba y las exploraciones en la Finca Guadalupe[2] como Ponciano Rojas y Antonino Cantoral.

Por su parte, la vida de la inmesa mayoría de la población parece transcurrir en torno a las fincas, como peones acasillados o jornaleros en condiciones de esclavitud, con sus interminables deudas en las tiendas de raya, en el cultivo del cacao y en la crianza de ganado, aunado, a las constantes vejaciones que sufrían.

El maltrato no parecía ser algo nuevo. Ya en el siglo pasado José Narciso Rovirosa, botánico tabasqueño avencidado en Ixtacomitán desde el siglo XIX, había manifestado que los jornaleros de la región vivian en condiciones deplorables. [3]

Los hermanos Flores Magon, en el periódico Regeneración documentaron diversas denuncias provenientes de Pichucalco. Otros más, como Angel Pola, denunciaron los castigos corporales que propinaban Angel Horta, Frumencio Pastrana y Domingo Mollinedo a su peones acasillados.[4]

Incluso, la situación llegó a tornarse violenta como lo ocurrido en 1908, cuando José Rovirosa asesinó a su patrón César Augusto Rojas Ortíz, en la finca Santa Lucía, situación que indignó a los finqueros de la región y profundizó las diferencias, no solo familiares, sino de clases sociales.

Pese a ello, la economía parecía marchar bien, bajo un desarrollo rural y una aparente tranquilidad en toda la región, procurada en gran medida por la hegemonía de las familias. Sin embargo, la historia de bonaza y control parecía llegar a su fin en 1911.

Las revueltas armadas propiciadas por los tabasqueños de la región Chontalapa, al mando de Pedro C. Colorado, Ignacio Gutiérrez, Aquileo L. Calles y otros, influyeron en los lideres de la región norte de Chiapas como Juan Hernández, Hipólito Rojas, Ramon Ramos, César A. Lara, Carlos y Luis Vidal, para abanderar el Plan de San Luis e iniciar la lucha revolucionaria en la región, aprovechando el contagio insurrecional que se vivía en gran parte del país.

Y asi fue. Juan Hernánez, un nativo de Pichucalco, padre de 7 hijos[5] se levantó en armas junto a unos escasos 10 hombres, quienes partieron con rumbo a Huimanguillo para buscar protección y ayuda de los tabasqueños[6], quienes vieron con extrañeza la llegada del contingente chiapaneco. Aun asi, pronto dieron órdenes precisas a Isidro Cortéz para traer la revolución a Chiapas. Así, el 10 de mayo de 1911, los tabasqueños armados ocuparon la plaza de Pichucalco[7].

Los tabasqueños encontraron aliados naturales y el refugio perfecto en la región de Pichucalco, incluso como centro de reclutamiento y abastecimeinto para la revolución que habían emprendido en Tabasco, como el caso de Hipólito Rojas, quien rompió lazos con su hermano Ponciano Rojas[8] para sumarse al movimiento armado maderista de Ignacio Gutiérrrez que se habia levantado en Huimanguillo, influencia revolucionaria que perduraría hasta con la rebelión delahuertista, de 1924.

La revolución tabasqueña y posteriormente la contrarevolución chiapaneca (mapachismo y zapatismo) trajeron consigo profundos cambios en la estructura regional de Pichucalco, principalmente en la distribición de la tierra, el acotamiento del poder político, la reducción en la concentración de bienes y la aparición de los campesinos como sujetos de la historia local.

Fuentes:
[1] Secretaría de la Reforma Agraria. Delegación Chiapas. Expediente de Terrenos Nacionales. Folio. No. 10590. Los Balkanes, municipio de Chapultenango. Año 1929.
[2] Alcalá, Maximino, en Memorias y revista de la Sociedad Científica "Antonio Alzate", Volumen 13 . México, DF. Año 1900.
[3] Secretaría de Fomento. Informe de Comercio Interior y Exterior. 1886.
[4] García Cantú, Gastón El socialismo en México, siglo XIX. Ediciones Era, 1974. Pp. 383-384
[5] Carta de Juan Hernández a Francisco I. Madero. Archivo General de la Nación. Colección Francisco I. Madero. Folio. 028244. Expediente No. Caja No. México, DF.
[6] Aguirre Colorado, Rafael. Revolución Constitucionalista en Tabasco. Talleres Gráficos del Sudeste S.A. Año de 1934. Pág. 21.
[7] Telegrama No 2. del Jefe Político de Teapa, Tabasco, Fulgencio Casanova al Gobernador de Chiapas. Archivo Histórico de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Sria. General de gobierno, Libro sección guerra. Tomo VI. 1911.
[8]Boletín de la Biblioteca del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, Volumen 55. Manuel González Calzada. 1972. Fotos: Cortesia del Sr, Mario Cantoral.



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viernes, abril 29, 2011

Fincas de Chiapas: Departamento de Pichucalco

En 1906, por encargo del Gobierno de Chiapas, Ramón Rabasa, la Secretaria General de Gobierno encargo al titular Abel Pérez realizar un censo de las fincas rústicas con valor superior a los $1,000.00; de este censo publicado dos años mas tarde,-1908- se conoció que en el departamento de Pichucalco se encontraban 126 fincas o haciendas.

Este album pretende rescatar la historia gráfica de esas fincas que durante el siglo XVIII y XIX constituyeron el gran soporte económico de Chiapas, por la intensa producción de cacao, principalmente.

En esta region de Pichucalco, las fincas constituyeron el centro rural en las que se tejian el poder económico, politico, cultural, familiar, disputas y todas las relaciones posibles, con una gran influencia, hasta mediados del siglo XX.

Hoy, solo quedan indicios del aquel vasto poder que tuvieron estas fincas sobre la vida de los habitantes y de toda la región.


Construida en el Siglo XVII, la finca "Nuestra Señora del Rosario", ubicado en las riberas del rìo Ixtacomitán perteneció originalmente a doña Marìa de Alvarado viuda de Aranda Pérez, quien donó la hacienda a los sacerdotes jesuitas, para que, con las rentas se construyera un colegio de niñas en Ciudad Real (Hoy, San Cristóbal de las Casas); Con la expulsión de los religiosos del país, la finca permaneció abandonada durante mucho tiempo. Hoy, se encuentra en malas condicioens y prácticamente en riesgo de desaparecer. Foto. F. Ledesma./Septiembre, 2011.



Finca Santa Anita, en Ixtacomitàn, Chiapas, construida en el siglo XIX por la familia Contreras en las márgenes del rio Jana, afluente del rio Ona (nubes, en zoque) fue nuna importante hacienda productora de cacao. En 1863, la familia Contreras participó junto a los hermanos Cornelio y Eusebio Castillo en la defensa de Tabasco durante la intervención francesa. Hoy, parte del casco principal ha sido reconstruida. Foto: Cortesia de Agustin Lastra E


Finca El Carmen, ubicado en Ixtacomitán. La construcción del edificio se remonta a principios del Siglo XIX. Los terrenos donde se ubica pertenecieron a la familia vasconovarra Esponda Olaechea, asentada en las riberas de Ixtacomitán desde el siglo XVIII.


San Antonio el Cocal, en Pichucalco. En julio de 1913, la finca fue tomada por sorpresa por los revolucionarios tabasqueños de La Chontalpa, quienes saquearon el lugar y obligaron al propietario Heraclio Juárez Toledo a abandonar la finca.

Aqui, habria de darse una de las batallas más encarnizadas entre tropas federales y revolucionarias durante la revolución tabasqueña de Pedro C. Colorado y Juan Hernández. Años mas tarde, en 1923, el propietario finquero decidió alzarse en armas al lado del movimiento delahuertista. Foto: Cortesia de Mario Cantoral.



Finca Santha Martha, ubicado en la ribera del Platanar, en Pichucalco, durante la intervención francesa de 1863 fue centro de reclutamiento, incluso su dueño Felipe Ortiz Almeida se enlistó en las tropas de Eusebio Castillo y Gregorio Méndez Magaña, para la defensa de San Juan Bautista. La historia se repetiría 50 años mas tarde cuando su hijo Candido Felipe Ortiz se enrola en las tropas carrancistas de Tabasco.



Finca Santa Fe La Zacualpa, ubicado en Solosuchiapa, fue construida por el presbítero Mariano Mejía y Juana María Zepeda (Cepeda), cerca del rio de la Sierra o Ixhuatán, hacia mediados de 1840, aproximadamente. Años más tarde, sería una finca minera explotada por una compañia inglesa; En el lugar el ex gobernador juarista, Angel Albino Corzo realizaba un descanso e instalaba un campamento durante la campaña militar para defender el sitio de San Juan Bautista, Tabasco de la intervención francesa de 1858; A la muerte de Mariano Mejía en 1860, la hacienda pasó a manos de su hijos, los hermanos Zepeda (Rafael, Manuel Eraclio y Enrique), quienes la administraron hasta principios del siglo XX. Hoy, el caso principal de la finca es una escuela primaria del poblado Agustín Rubio.


Finca Esquipulas, ubicado en Pichucalco. Las tierras y la hacienda pertenecieron a la familia Cantoral,desde el siglo XVIII, con un auge importante en la siembra de cacao. Aqui nacio Juan Enrique Dominguez Cantoral, aliado incondicional de Venustiano Carranza en el constituyente de 1917. Luego seria diputado federal, propuesto por la corriente vidalista.


La Crimea, legendaria finca ubicada en Pichucalco cercana a los limites Chiapas -Tabasco, conocida como la ribera del Platanar, propiedad de Ponciano Rojas, aliado de los gobernadores chiapanecosl Emilio y Ramon Rabasa, durante el porfiriato. Paradógicamente, en 1913, su hijo César Augusto Rojas decidió marchar con los tabasqueños para alzarse en armas contra Victoriano Huerta, donde habria participado en la toma y asalto de Villahermosa, acción donde obtendria el grado de Coronel del Ejército Constitucionalista.-Hoy, es un centro ganadero de importancia en la region.



Vista de la finca El Azufre en una gráfica de 2010. “Apenas se penetra en las tierras de Chiapas por esta dirección [de Tabasco] cuando ya se encuentra uno al pie de un cerro sobre el cual hay un bello edificio, que rodeado por las pequeñas chozas de caña de los indios que proporcionan la mano de obra en este sitio, es una de las muchas propiedades del rico Salvador Calcaño y que lleva el nombre de Azufre por los cercanos manantiales sulfurosos”, escribió Karl Bartholomeus Heller en marzo de 1848 al llegar a la Finca El Azufre.


Región Chontalpa, desde donde se armaron los tabasqueños al mando de Ignacio Gutierrrez en 1910 para sublevarse contra el gobierno de Abraham bandala en Tabasco, y desde donde partió una columna de revolucianarios hacia Pichucalco para llevar la revolución a Chiapas en 1911.

Finca Sonora, Chapultenango, propiedad de Frumencio Pastrana y Abelarda Gordillo. Restos del casco principal. Construida en el siglo XIX y titulado por Porfirio Diaz a favor de Frumencio Pastrana en 1873, la finca constituyó el centro económico de Chapultenango hasta 1911, año en que entraron las tropas de los revolucionarios tabasqueños para liberar a los sirvientes de las haciendasy destruyeron parcialmente la finca. En 1912, su propietaria habría pedido al Presidente Madero la indemnización por "destrozos causados por la revolución". (Archivo General de la Nación); En 1916, las tropas de Rafael Cal y Mayor completarían la destrucción del casco de la finca. Hoy es un nuevo centro ganadero administrada por la cuarta generacion de la familia Pastrana.

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domingo, marzo 27, 2011

Volcán Chichonal; la historia de Magdalena Coalpitán




En la parte izquierda de la imagen se observa la iglesia principal de Magdalena Coalpitan.




Las primeras noticias documentadas sobre los temblores del Volcán Chichonal, provienen del obispo de Chiapas, Fr. Juan Bautista Alvarez de Toledo, en un informe que redactó el 27 de septiembre de 1710 para consultar al gobierno superior sobre la situación de despoblamiento que sufrían algunos curatos de la provincia de los Zoques, entre ellos, los pueblos de Magdalena Chica y Magdalena Grande. (Hoy, Francisco León). “…la Magdalena chica, este estaba situado en lugar tan bajo y tan incómodo a la conservación de la vida de los indios, por abundar innumerables mosquitos, zancudos, talajes, jejenes, muchas culebras y vívoras, tan expuestos a continuos temblores que se experimentaban en dho pueblo, que estas y otras calamidades lo fue acabando, hasta que los muy pocos indios, que habían quedado en él, de propia autoridad, y sin licencia alguna desampararon el paraje por no padecer y acabar con los demás, subiéndose al pueblo de la Magdalena Grande, que está una legua en alto, de donde estaban. Alli han hecho ya sus casas y viven en hermandad con los otros:”[1]






La iglesia principal devastada tras las erupciones.




De acuerdo al relato, Magdalena Chica pronto desapareció por lo inhóspito del lugar, tal vez, por la cercanía con el río, por lo que, sus pobladores zoques pronto subieron hacia Magdalena Grande. Después de esta migración no se tiene noticias sobre el destino de sus habitantes, pues al parecer Magdalena Grande también desapareció, para convertirse en Magdalena Coalpitán, nombre vigente hasta las primeras décadas del siglo XX, para convertirse en Francisco Léon, en honor a un ex gobernador chiapaneco.



En el siglo XVI, los dominicos recorrieron este lugar para llevar las misiones evangelizadoras y la colonización hacia los pueblos zoques que resistían a la conquista y a la conversión, puesto que continuaban realizando prácticas de hechicerías, según denunciaban los propios curas y alcaldes mayores que visitaban la zona.



En 1784, el alcalde mayor de Tuxtla, Don Miguel del Pino y Martínez, al visitar la zona encuentra que los habitantes de Magdalena cultiva el cacao en su variante de pataste, lo cual, pudren y el almidón que queda lo comercializan en Oaxaca para hacer espuma a las bebidas.[2]






Es posible que esta foto haya sido tomada en 1981. No existe la certeza. Lo único cierto es que muestra la vida cotidiana, antes de la erupción.




Por su parte, Flavio A. Paniagua, en 1876 describió a Magdalena Coalpitán, como un “pueblo de temperamento cálido y húmedo, más benigno á los hombres que a las mujeres, con una distancia de 43 leguas al noroeste de la Capital Tuxtla Gutiérrez. Sus habitantes se ocupan en tejer mantas y grandes sementeras de tabaco”.[3]







Si las plagas y las enfermedades propias de la selva del trópico hacían de Magdalena Coalpitán un lugar inhabitable, el descubrimiento del Volcán Chichonal en 1932 por el geólogo Federico K. G. Mullerried, lo hizo aún más. Habían pasado 50 años de aquel hallazgo y la confirmación de que aquel cerro humeante de aguas sulfurosas, se trataba en efecto de un volcán, cuando sobrevino una nueva calamidad en Magdalenas, hoy Francisco Léon.






La noche del 28 de marzo de 1982, mientras algunos de los pobladores dormían, el cerro despertó lanzando “bolas de fuego” y más de 106 toneladas de material volcánico a una distancia de 130 kilómetros[4] en tres erupciones que se prolongarían hasta el 4 de abril, afectando a un 30% del territorio de Chiapas, Tabasco y otros estados vecinos. Algunos de los pobladores de Francisco León huyeron en medio de la erupción hacia Tecpatán, otros se refugiaron en la iglesia principal, mientras que una parte, confiados de que pronto las bolas de fuego calmarían perecieron en las chozas donde semaneaban, para preparar la siembra de maíz, frijol o el corte de café.



Cuentan los que sobrevivieron a la tragedia, que el gobierno envió en helicóptero a dos vulcanólogos para que inspeccionaran la zona después de la primera erupción del 28 de marzo. El capitán del helicóptero realizó las maniobras para descender en el pueblo de Francisco León, y de él, salió el primer vulcanólogo para realizar el trabajo de campo.



Ese día, apenas se podía observar algunas casas y la iglesia en medio de una oscuridad grisácea. El ambiente se encontraba cubierto de un espeso polvo de ceniza, pues según los especialistas, se avecinaban nuevas erupciones. Y así fue. Tan pronto la nave descendió, la tierra comenzó a temblar anunciando una segunda erupción. El piloto, envuelto en pánico, ascendió la nave, dejando en tierra al primer vulcanólogo, del que nunca se supo más.



Con la tercera y cuarta erupción, Francisco León quedó devastado. Su iglesia principal, su patio, sus casas y su escuela recién inaugurada desaparecieron por completo. El rio Magdalena pronto se convirtió en un gran embalse que amenazaba a las presas hidroeléctricas del Grijalva.



El pueblo llegó a su fin en 1982, tras muchas calamidades, como las anunciadas en 1710.






Nota: Las fotos que se presentan, como parte de este texto, fueron rescatadas de un archivo personal de un ex funcionario del Gobierno de 1982 y constituyen un valioso testimonio gráfico del pueblo Magdalena Coalpitán, poco conocido en su momento y que hoy, solo es conocido como parte del vestigio de la cultura zoque, oculta bajo las cenizas del Volcán Chichonal.






Bibliografía




[1] Colección de Documentos Inéditos Relativos a la Iglesia de Chiapas. Hecha por el Ilmo y Rmo Señor Dr. D. Francisco Orozco y Jiménez, obispo de la misma. San Cristóbal de las Casas, Noviembre de 1908. En la imprenta de la “Sociedad Católica”.




[2] Diario de Viaje del alcalde mayor de Tuxtla. Archivo General de Chiapas. Boletín No. 2, año 1, abril-junio de 1953. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Pág´s. 83-84.




[3] Paniagua, Flavio A. “Catecismo elemental de historia y estadística de Chiapas”. Patronato Fray Bartolomé de Las Casas. San Cristóbal de las Casas. 1988. Pág. 75.




[4] Hernández Morales, José Francisco. “Impacto antrópico sobre suelos incipientes en el Volcán El Chichón. Revista Lacandonia, UNICACH. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. 2009. Pág. 32.

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