Una mirada familiar a Los Contreras, de Pichucalco
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La historia de Mariano Mejía, de presbítero a finquero
La siguiente historia se ubica en la primera mitad del siglo XIX en el departamento de Pichucalco, concretamente en los municipios de Ixtacomitán y Solosuchiapa, ambos pueblos zoques rodeados por las montañas del norte de Chiapas y caudalosos ríos que van a dar a Tabasco, en el Golfo de México.
A partir de Tapilula hasta Pichucalco, el paisaje verde de las montañas y el clima sofocante del trópico puede apreciarse y sentirse en todo el trayecto. Las inclinadas pendientes y los arroyos hicieron difícil el caminar de humanos y bestias de cargas de Tabasco hacia San Cristóbal y Tuxtla Gutiérrez hasta mediados del siglo XX. Eran caminos inhóspitos e intransitables para el comercio.
Los habitantes de estos pueblos, mayormente zoques, eran utilizados por los hacendados como bestias de cargas para el comercio con Tabasco, Ciudad Real, Tehuantepec y Veracruz. Los finqueros se ocupaban de sus haciendas de cacao ubicadas en las márgenes del rio Ixtacomitán hasta la Ribera del Blanquillo en Pichucalco.
Algunas de las haciendas como “Nuestra Señora del Rosario” y “La Concepción” en Ixtacomitán aun permanecían en manos de la Iglesia quien las administraba desde Ciudad Real, para sostener a un colegio de niñas.
Ese parece ser el ambiente que prevalecía en la región cuando el actor principal de nuestra historia irrumpió en los pueblos del norte de Chiapas, hacia 1848.
La selva de la Zacualpa.
Expulsado de España, Mariano Mejía un sacerdote católico encontró en las tierras frías de Comitán el lugar idóneo para continuar con su oficio sacerdotal en la parroquia local.
Ahí, su vida se habría de cruzar con la de Juana María Zepeda, una viuda joven adinerada, a quienes sus padres prohibían visitar cualquier otro lugar que no fuera la iglesia, tras haber sostenido una relación sentimental con un oficial militar, del cual nació su primer hijo, Amado Everardo Zepeda.
Mariano Mejía, según cuenta uno de sus descendientes, “se fascinó con la viuda y fue correspondido, de modo que, el presbítero colgó los hábitos y juntos huyeron hacia la selva. Se establecieron cerca de un río, Arroyo la Sierva [Río La Sierra[, donde levantaron una finca, previa y lógica ayuda y explotación de indígenas.”[1]
A la finca la llamaron Santa Fe La Zacualpa, edificada en medio de la selva de Solosuchiapa, entre el camino que conduce a Ixhuatán por el sur, y por el norte rumbo a Ixtacomitán e Ixtapangajoya. Frente a la hacienda, dos montañas dominaban el paisaje tropical. A la postre, el lugar sería un emporio minero en la región.
Tan pronto llegó a la zona, el cura Mariano Mejía se encargó de ofrecer las misas en la parroquia de la Santísima Trinidad de Ixtacomitán, distante a unos 30 kilómetros de la finca, donde inició amistad con los principales hacendados de la región como las familias Pastrana, Contreras y Vera, tanto que, el hijo de Juana María Cepeda, Amado Everardo habría de emparentarse con la familia Pastrana.
Pese a ser un cura católico, Mariano Mejía y Juan María procrearon en la finca La Zacualpa a sus hijos Manuel Heraclio, Rafael, Enrique, Margarita y Luz, todos de apellido Zepeda, y no Mejía, como debió ser. En el pueblo de Ixtacomitán era un secreto a voces que, el presbítero vivía en la parroquia, mientras, Juana María lo hacía en la finca Santa Fe La Zacualpa.
“Cuando faltaba el dinero, Juana María le confeccionaba sotanas a Mariano y éste iba a los pueblos a pedir limosna. De una de aquellas correrías trajo a la finca un telescopio y El Clavecin bien temperado”[2]
No obstante su condición de padre de familia, Mariano Mejía pudo ganarse el afecto de casi toda la región de Ixtacomitán como sacerdote. Muestra de ello, ocurrió en noviembre de 1852, cuando don Clemente España, avecindado del pueblo, ordenó fundir una campana en honor a Mejía, que hicieron colgar en el campanario de la iglesia. La campana aun permanece aun en la torre principal de la parroquia de la Santísima Trinidad de Ixtacomitán.[3]
Los años de Mejía en la región fueron turbulentos, pues, con las leyes expedidas durante la Reforma, a partir de 1854 con la promulgación del Plan de Ayutla que desencadenó en la Guerra de la Reforma, se trastocó la vida de la iglesia y de los párrocos, particularmente con los bienes eclesiásticos y la expulsión de los jerarcas católicos.
Mariano Mejía, como era de esperarse, se inclinó por defender la actuación de la iglesia, particularmente la del Obispo de San Cristóbal Carlos María Colina y Rubio quien se oponía a la nacionalización de los bienes eclesiásticos y al gobierno de Chiapas.
La actividad política en la región de Mariano Mejía se habría hecho notar tras la promulgación de
Mientras el conflicto crecía con
El mismo Presidente Juárez, instalado en Veracruz, ordenó la detención de los líderes católicos de Chiapas, según una carta remitida al Gobernador Angel Albino Corzo el 13 de octubre de 1859.
“Al Obispo [se refiere a Colina y Rubio] debe V. mandarlo prender y remitirlo para este puerto [de Veracruz], por la vía de Tabasco, lo mismo que a los demás cabecillas y frailes revoltosos pues no es bueno mandarlos a Centroamerica….Obre V. dictando cuantas medidas demanden las circunstancias en el concepto de que se aprobará cuanto V. hiciere..Q.B.S.M Benito Juárez”[4]
El Obispo Carlos María Colina y Rubio fue detenido y expulsado a Guatemala, pero la suerte y el destino de Mariano Mejía fue distinta. En febrero de 1860 fue apresado por órdenes del Gobernador de Chiapas.
El 21 de febrero de ese año, el capitán de las guardias nacionales de Pichucalco, Feliciano Zapata, por órdenes del comandante militar de Chiapas, don Angel Albino Corzo, capturó en Ixtacomitán al presbítero Mariano Mejía para trasladarlo a Veracruz, vía Tehuantepec Oaxaca y Minatitlán.
Cuando era trasladado de Tehuatepec hacia Veracruz, el presbítero Mariano Mejía intentó fugarse pero fue asesinado a tiros por la espalda cerca de un rio de la finca San Mateo, por un piquete de soldados de la guardia nacional. El Gobernador de Chiapas se enteró del suceso del propio Zapata, del siguiente modo.
“Con motivo de que el dia de hoy caminaba yo a pie a causa de que en la hacienda de San Mateo no me fue posible encontrar bagaje, el presbítero D. Mariano Mejía a quien de orden superior conducía preso a Tehuantepec, aprovechándose de aquella oportunidad intentó fugarse al pasar un río que hay que atravesar; más como la tropa iba instruida por mí de lo que debía hacer en tales casos cumpliendo con mis órdenes le fuego en la carrera, dando por resultado el que quedarse muerto dicho padre en el campo”.[5]
La ejecución de Mejía cimbró a la región, tanto que, el Gobernador del Estado, Angel Albino Corzo, cuatro días después del asesinato, ordenó la detención de Feliciano Zapata y una investigación de los hechos “acumulándose a este expediente las comunicaciones que le fueron entregadas por el gobierno interróguense uno a uno sobre los motivos y demás circunstancias que a verificarlo dieron lugar, nombrando para este efecto para fiscal al oficial D. Vicente López,”[6]
Una vez practicadas las diligencias, el 02 de marzo, el oficial Vicente López rindió su informe al Gobernador de Chiapas, justificó el asesinato del Padre Mejía, en una obligación del Jefe de la escolta:
“La responsabilidad del jefe y escolta que conducía al que fue víctima, si bien se quiere por su propia voluntad pues que escapando montado en una mula y a toda carrera a la vez que sus custodias caminaba a pie, no basto a contenerse que le marcaran el alto, ni que le persiguiesen unos espacios, hasta que sin esperanza de alcanzarlo, el debe y la obligación de responder por él, lo colocó en el duro, pero preciso caso de hacerle fuego, como lo ejecutaron, haciéndolo caer espirante para morir después. Tal es lo que ha pasado”.[7]
Tras este informe del oficial Vicente López, el 5 de marzo de 1860, el gobernador Angel Albino Corzo ordenó la liberación de Feliciano Zapata y sus escoltas, no sin antes, reiterar que la muerte del cura se debía a que éste emprendió la fuga para burlarse y, “comprometer a sus custodios y quedar en aptitud de seguir conspirando como antes lo había hecho contra la causa de la legalidad”[8] . El caso fue sobreseído.
Sin embargo, a don Angel Albino Corzo, el asesinato de Mejía habría de costarle el descrédito por parte de sus detractores políticos como Julián Grajales, el guatemalteco Jaime Velasco y el periódico El Baluarte. Sobre el asunto, Corzo tuvo que dedicar diversas explicaciones en su “Segunda Reseña de Sucesos Ocurridos en Chiapas”, escrito en 1868.
Una versión, contada por Eraclio Zepeda Ramos, señala que, tras la muerte de Mariano Mejía, doña Juana María Zepeda ordenó a su hijo Manuel Heraclio, vengar la muerte de su padre.
Solemnemente le entregó el caballo, la escopeta y la espada del cura y le ordenó: “levántate en armas. Vete a matar a Contreras”. Mi abuelo la obedeció y entró en Pichucalco enarbolando la bandera republicana. Contreras al verse derrotado, salió huyendo a caballo y para protegerse las espaldas puso a su hijo menor sentado atrás de él. En un traspié del caballo el niño salió disparado y cayó en las hojas enormes de una planta que se llama capote. Contreras tenía lo que se llama “furia”, o sea, un mechón en la frente y todo lo demás calvo. Mi abuelo le disparó. La bala arrancó el mechón a Contreras y Eraclio volvió triunfal a la hacienda con la “furia” de Contreras en la punta del sable.[9]
Los descendientes del presbítero Mariano Mejía permanecieron en la región. La familia Everardo vivió en Ixtacomitán y luego en Pichucalco. Los Zepeda, algunos se asentaron en Ixhuatán y otros en Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal.
En 1892, la finca La Zacualpa terminó devastada por una tromba que azotó a la región y un siglo después, terminó en manos de campesinos que lo invadieron derivado de la irrupción zapatista de 1994. Hoy, el casco principal de la ex hacienda es una escuela primaria.
[1] PACHECO, Cristina. (2001).- Al pie de la letra. Fondo de Cultura Económica. México, DF. Pág. 154.
[2] Ibidem, pág. 154.
[3] CONACULTA. (1999). Catalogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles del Estado de Chiapas. Tomo III. CONACULTA. México, DF. Pág. 436.
[4] POLA, Angel. (1906). Miscelánea, comunicados, respuestas, iniciativas, dictámenes, informes, brindis, etc de Benito Juárez. México, Pág. 329 y 330.
[5] CORZO, Angel Albino. Segunda Reseña de sucesos ocurridos en Chiapas. De 1847 a 1867. P. de T.F NEVE. Callejón del Espíritu Santo. 1868. Reimpresa por el Gobierno del Estado de Chiapas. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. 1958-1964. Pág. 166.
[6] Ibidem. pág. 167.
[7] Ibidem. pág. 168.
[8] Op. Cit. Pág. 168.
[9] PACHECO, Cristina. Op. Cit. Pág. 155.
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Una historia regional de Pichucalco.
Antes de obtener el grado de Coronel en el Ejército Revolucionario “Brigada Guadalupe Sánchez. Chiapas-Tabasco”, don Heraclio Juárez Toledo- “don laco” como se le conocía en la región de Pichucalco- era un prominente hacendado de San Antonio el Cocal, finca construida hacia 1879 cercana a las márgenes del río Camoapa- por el rumbo de Sunuapa- propiedad que a su vez, había heredado de su tía Cristina Juárez de Ortíz, emparentada con la familia Ortíz de la hacienda Santa Martha.
Muy joven se casó con Edelmira Hernández Moheno, originaria del pueblo de Pichucalco, con quien no pudo procrear hijos, pero sí, convertir a San Antonio el Cocal en una vasta hacienda productora de cacao.
A finales de septiembre de 1913 vivió en carne propia la llegada de los revolucionarios tabasqueños al mando de Pedro C. Colorado, Juan Hernández y otros, quienes se enfrentaron en su finca con las tropas federales del Capitán Rafael M. Veytia, jefe de
Durante el auge petrolero, en noviembre de 1920, Juárez Toledo intentó organizar a los finqueros de la región para no dejarse sorprender por los agentes de las compañías petroleras que llegaban a la región, pues había escuchado durante una breve estancia en
Don Laco colaboró de manera forzada con bestias de carga, prestamos económicos y pago de “haberes” a la tropa del General Quintiliano Gavilla, que para esas fechas azolaba la región desde Tabasco y el sur de Veracruz, durante el movimiento del Plan de Agua Prieta de 1922.
Pero los motivos y las razones de la decisión de don Heraclio Juárez y de los otros finqueros para incorporarse al movimiento delahuertista en 1923 parecen tener un rasgo característico de las revueltas chiapanecas, es decir, la protección de sus bienes ante el hartazgo de los constantes saqueos del que eran objeto los finqueros de la región durante el tiempo de la revolución, particularmente en Pichucalco.
Es su esposa, Edelmira Hernández Moheno, quien ofrece algunas pistas de lo ocurrido aquellos días y los motivos de la rebelión de su esposo.
Afirma que, en realidad, Juárez Toledo siendo presidente municipal de Pichucalco fue obligado a rebelarse por el General Gavilla, por lo que, temiendo represalias decidió abandonar el pueblo para dirigirse a Teapa en el vecino estado de Tabasco, siendo detenido por un grupo de delahuertistas en calidad de sospechoso por su condición de alcalde.
Juárez Toledo no tuvo más remedio que regresar a Pichucalco para recobrar su vida ajetreada como Alcalde, pero al llegar al lugar, la plaza estaba siendo ocupada por las fuerzas del veracruzano Quintiliano Gavilla, por lo que, “debido a su carácter de presidente municipal que había tenido se vio en la necesidad de unirse a Gavilla, quien era quien presentaba mayores garantías”[3] [protección].
Fue así que Laco Juárez quedó incorporado al movimiento delahuertista con el grado de Coronel en el ejército revolucionario “Brigada Guadalupe Sánchez” al firmarse el acta revolucionaria en la Hacienda Santa Martha, en la ribera del Platanar en Pichucalco, Chiapas, el 8 de diciembre de 1923.
Correspondencia rebelde del Coronel Heraclio Juárez Toledo, en 1924.

(Fragmento de “Arriba Amaro: la rebelión delahuertista en Pichucalco 1923-1924. Fermín Ledesma Domínguez/ En proceso.)
[1] Informe del Comandante Militar J. Merodio. Archivo histórico de
[2] Facsímil del documento intitulado Interesante a los hacendados, firmado por Heraclio Juárez Toledo el 21 de noviembre de 1920. Archivo de la familia Cantoral Pérez. Pichucalco, Chiapas.
[3] Carta de Edelmira Hernández de Juárez al Presidente de
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Foto: Cortesia del Sr. Mario Cantoral. Pichucalco, Chiapas.
La historia reciente de Pichucalco, Ixtacomitán y Chapultenango en la región norte de Chiapas no podría entenderse sin la presencia de las familias españolas, portuguesas y criollas que colonizaron la región desde el siglo XVIII, y que en las centurias posteriores habrían de tener una enorme influencia en la vida política, social, económica, cultural y en el desarrollo de la región, a partir de sus lazos familiares- muchas veces para preservar los bienes patrimoniales-, alianzas políticas y expansión territorial.
Contexto
Desde el siglo XVIII un vasto grupo de familias, en su mayoría tabasqueñas, españolas y portuguesas se asentaron en las regiones fértiles de Ixtacomitán y Pichucalco, principalmente en la región conocida como el Blanquillo, en grandes extensiones de tierra. Asi, los Tabares, los Contreras, los Bulnes, los Cantoral, los Calcaneo, los Bastar Sasso, los Pastrana, los Vidal, desarrollaron grandes fincas de cacao. Algunos más, como los Esponda Olaechea y Vidal Pontigo, constituían viejas familias consolidadades desde el régimen colonial, principalmente en haciendas de Ixtacomitán.
Todos ellos, tenían la particularidad de ser hábiles productores y comerciantes, vinculados a los gobiernos, desde la época de la independencia, Las Leyes de la Reforma de Juárez, la dictadura de Porfirio Díaz hasta el el gobierno de Francisco I. Madero, al triunfo de la revolución de 1910.
La apertura de mejores vías de comunicación hacia Tabasco (vapor y el ferrocarril), la bonanza económica (cacao, madera y plátano) así como la proliferación de universidades en el estado vecino y una mayor actividad comercial en San Juan Bautista (Villahermosa) fueron los detonantes para que muchas familias- Bulnes, Bastar y Moheno- abandonarán la región en busca de aventuras comerciales, hacia finales el siglo XIX y principios del XX.
Pero para quienes permanecieron en la zona, los años también fueron de gran crecimiento económico y de capital político que llevaron a muchos de sus miembros a formar parte de la élite política de Chiapas, siendo gobernadores, ministros, embajadores, jefes políticos, presidentes municipales, diputados, entre otros, al amparo del regimen de Emilio y Ramón Rabasa.
Es durante el gobierno de Porfirio Díaz que las familias de la región encuentran su mejor aliado político, como Andrés Contreras, Mariano Baldomero Cantoral, Ponciano Rojas, Antonio Martínez, entre otros, varias veces diputados locales. Y otros, como Carlos A. Vidal, César A. Lara y César Cordova y Herrera triunfan en el Chiapas posrevolucionario, con la corriente Vidalista, de corte socialista, en la segunda década del siglo XX.
Las familias que conforman la élite regional, lo mismo acaparaban los puestos de decisiones locales en las regidurías y alcaldías o aparecen como compradores de grandes extensiones de tierras a través de la compañía, “Mexican Land Colonizatión and Company” (MLCC)[1], propiedad del alemán Luis Huller, como los casos de Frumencio Pastrana (Finca Sonora en Chapultenango, en 1893), Pedro Resendez y Mariano Cantoral (San Pedro y los Balkanes en 1905), otros más, consolidan su poder al adquirir concesiones para la construcción de las vías de comunicación como el tranvía de la Finca Cosahuyapa hacia Pichucalco, o en acaparar las concesiones petroleras de Caimba y las exploraciones en la Finca Guadalupe[2] como Ponciano Rojas y Antonino Cantoral.
Por su parte, la vida de la inmesa mayoría de la población parece transcurrir en torno a las fincas, como peones acasillados o jornaleros en condiciones de esclavitud, con sus interminables deudas en las tiendas de raya, en el cultivo del cacao y en la crianza de ganado, aunado, a las constantes vejaciones que sufrían.
El maltrato no parecía ser algo nuevo. Ya en el siglo pasado José Narciso Rovirosa, botánico tabasqueño avencidado en Ixtacomitán desde el siglo XIX, había manifestado que los jornaleros de la región vivian en condiciones deplorables. [3]
Los hermanos Flores Magon, en el periódico Regeneración documentaron diversas denuncias provenientes de Pichucalco. Otros más, como Angel Pola, denunciaron los castigos corporales que propinaban Angel Horta, Frumencio Pastrana y Domingo Mollinedo a su peones acasillados.[4]
Incluso, la situación llegó a tornarse violenta como lo ocurrido en 1908, cuando José Rovirosa asesinó a su patrón César Augusto Rojas Ortíz, en la finca Santa Lucía, situación que indignó a los finqueros de la región y profundizó las diferencias, no solo familiares, sino de clases sociales.
Pese a ello, la economía parecía marchar bien, bajo un desarrollo rural y una aparente tranquilidad en toda la región, procurada en gran medida por la hegemonía de las familias. Sin embargo, la historia de bonaza y control parecía llegar a su fin en 1911.
Las revueltas armadas propiciadas por los tabasqueños de la región Chontalapa, al mando de Pedro C. Colorado, Ignacio Gutiérrez, Aquileo L. Calles y otros, influyeron en los lideres de la región norte de Chiapas como Juan Hernández, Hipólito Rojas, Ramon Ramos, César A. Lara, Carlos y Luis Vidal, para abanderar el Plan de San Luis e iniciar la lucha revolucionaria en la región, aprovechando el contagio insurrecional que se vivía en gran parte del país.
Y asi fue. Juan Hernánez, un nativo de Pichucalco, padre de 7 hijos[5] se levantó en armas junto a unos escasos 10 hombres, quienes partieron con rumbo a Huimanguillo para buscar protección y ayuda de los tabasqueños[6], quienes vieron con extrañeza la llegada del contingente chiapaneco. Aun asi, pronto dieron órdenes precisas a Isidro Cortéz para traer la revolución a Chiapas. Así, el 10 de mayo de 1911, los tabasqueños armados ocuparon la plaza de Pichucalco[7].
Los tabasqueños encontraron aliados naturales y el refugio perfecto en la región de Pichucalco, incluso como centro de reclutamiento y abastecimeinto para la revolución que habían emprendido en Tabasco, como el caso de Hipólito Rojas, quien rompió lazos con su hermano Ponciano Rojas[8] para sumarse al movimiento armado maderista de Ignacio Gutiérrrez que se habia levantado en Huimanguillo, influencia revolucionaria que perduraría hasta con la rebelión delahuertista, de 1924.
La revolución tabasqueña y posteriormente la contrarevolución chiapaneca (mapachismo y zapatismo) trajeron consigo profundos cambios en la estructura regional de Pichucalco, principalmente en la distribición de la tierra, el acotamiento del poder político, la reducción en la concentración de bienes y la aparición de los campesinos como sujetos de la historia local.
Fuentes:
[1] Secretaría de la Reforma Agraria. Delegación Chiapas. Expediente de Terrenos Nacionales. Folio. No. 10590. Los Balkanes, municipio de Chapultenango. Año 1929.
[2] Alcalá, Maximino, en Memorias y revista de la Sociedad Científica "Antonio Alzate", Volumen 13 . México, DF. Año 1900.
[3] Secretaría de Fomento. Informe de Comercio Interior y Exterior. 1886.
[4] García Cantú, Gastón El socialismo en México, siglo XIX. Ediciones Era, 1974. Pp. 383-384
[5] Carta de Juan Hernández a Francisco I. Madero. Archivo General de la Nación. Colección Francisco I. Madero. Folio. 028244. Expediente No. Caja No. México, DF.
[6] Aguirre Colorado, Rafael. Revolución Constitucionalista en Tabasco. Talleres Gráficos del Sudeste S.A. Año de 1934. Pág. 21.
[7] Telegrama No 2. del Jefe Político de Teapa, Tabasco, Fulgencio Casanova al Gobernador de Chiapas. Archivo Histórico de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Sria. General de gobierno, Libro sección guerra. Tomo VI. 1911.
[8]Boletín de la Biblioteca del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, Volumen 55. Manuel González Calzada. 1972. Fotos: Cortesia del Sr, Mario Cantoral.
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